martes, 14 de febrero de 2012

¡Especial! ¡Extra, extra!


//Nota del protagonista: estas escenas no las presencié y no supe de ellas hasta que me las contaron ya mucho más tarde, pero cronológicamente es ahora cuando deben suceder. Disfrutadlas y no olvidéis dejar vuestro comentario//



En otro lugar, mientras tanto:

Siempre pensó que los hospitales a media noche tienen un aura extraña; algunos pasillos pueden estar completamente desiertos y en el de al lado, a pocos metros, haber un trasiego de gente y de médicos pasando con camillas, corriendo a contrarreloj. Tal diferencia siempre desorienta un poco.
En uno de esos corredores que parecen deshabitados, Lena esperaba de pie junto a la puerta, no sabía bien a qué. Sus ojos llevaban días enrojecidos y húmedos por las lágrimas y su ropa estaba arrugada y acartonada de dormir en la sala de espera.
No se atrevía a entrar pero se sentía obligada a hacerlo: era su padre. Puede que tampoco importara, no estaba despierto, no sabía que ella se encontraba allí. Tampoco que venía todos los días pero nunca atravesaba la puerta de su habitación…
Se sentía horrible, siempre estuvo segura del amor a su padre, pero ahora…
Apretó el medallón que colgaba de su cuello, no podía recordar un solo momento en que no hubiera tenido aquel colgante cerca. Aunque la hubieran hecho olvidar su origen, siempre la hizo sentir segura y… valiente.
Volvió a mirar al hombre de pelo canoso y piel grisácea conectado a las máquinas, al hombre que le daba las buenas noches con un beso cuando estaba en casa a tiempo. Estaba muy malherido y con la columna rota quedaría parapléjico aunque despertara. Incluso aunque se encontraba al borde de la muerte… Ya no estaba ni segura de si le odiaba, tal vez lo hiciera. Y eso la hacía sentir como si lo traicionara, aunque la traición la hubiera llevado a cabo él.
No sabía cómo sentirse: era su padre, pero no se veía capaz de perdonarle algo así, que hubiera hurgado en su cerebro sin permiso. Aquella vileza iba mucho más allá de lo físico. Lo mismo le pasaba con Alec…
La angustia aumentó; eran demasiadas cosas las que se le echaban encima.
Apretó los puños y dio media vuelta. Huía. Ella nunca fue valiente y lo aceptaba; lo máximo a lo que podía aspirar era a poder ayudar a un valiente en su camino, a alguien como…
-¡Lena! –Robert la llamó. Éste sonrió cuando sus miradas se cruzaron y fue al trote hasta ella- ¡Al fin te encuentro!
-¿Me… buscabas?
-No, que va, sólo pasaba por aquí… -metió las manos en los bolsillos- Tranqui, este sitio queda a dos pasos –se apartó con la mano el pelo que le caía sobre la cara en ese gesto tan típico en él mientras sonreía socarronamente. Por primera vez en mucho tiempo le costó fijarse en lo atractivo de su rostro cuando sonreía de esa manera.
Lena agachó la cabeza. No esperaba encontrar a nadie mientras se comportaba tan lamentablemente. Miró de soslayo la habitación de su padre; no quería que Robert supiera que a veces… deseaba que no despertara nunca.
-¿Lena? –Sonrió de nuevo- Estás muy distraída, como siempre, y eso que no llevas puestos tus auriculares… En el cuartel tenían la esperanza de que sin ellos al fin te centraras, pero no habrá esa suerte -se metió con ella, pero después de tantos años siendo amigos sabía que lo hacía con cariño. Había llegado a adorar su sentido del humor.
-No encuentro mi MP3 –explicó-. Tal vez… creo que… Alexander se lo llevó. La adivina solo me dijo que le preguntara a él dónde está, así que… supongo… –su voz era un susurro medio muerto. Volvió a sentir los ojos húmedos y la voz dolorosamente aguda.
Alexander… Alec. Tampoco se aclaraba con él, menos si cabe. Cada vez que habría el medallón, nuevos recuerdos volvían a su memoria, pero lo hacían con una fuerza insospechada, casi con la misma claridad que lo hacía el presente. Pero más que eso, eran los sentimientos que concentraban lo que más la aterraban. Sentía que le taladraban el pecho cada vez que pensaba en que él no estaba, no había minuto del día en que no pasara por su cabeza imágenes de sus oscuros ojos verdes, tan profundos, tan brillantes… Como agua envenenada. O de su tétrica sonrisa. Había empezado a encontrar… bonitas (o algo similar, no sabía) cosas que hasta ese momento había percibido antiestéticas; como las descoloridas ojeras que se le formaban bajo los ojos (aunque en la actualidad no se las solía ver, así que posiblemente se las tapara de alguna forma. ¿Maquillaje? Ni siquiera eso la conseguía molestar ya) o la manera en que movía sus puntiagudas orejas cuando pensaba, sus colmillos… Pero no solo del pasado, estaba consiguiendo que esos sentimientos se entremezclara con imágenes mucho más recientes, como cuando se inclinaba hacia ella cuando hablaban para compensar la diferencia de altura o el pelo rebelde que le caía entre los ojos o cuando se mordía el labio… Hasta hace poco, había estado segura de que al Alec que conoció dos meses atrás lo detestaba: era traicionero, frío, interesado, cruel… Un maldito demonio; por guapo que le hubiera llegado a parecer. En cambio su Alec, el que ahora podía recordar, había sido tímido pero siempre dispuesto, dulce aunque tuviera una apariencia sombría; siempre la hizo sentir fuerte. Ahora solo hacía incrementar su sensación de insignificancia, de ser estúpida y prescindible. No sabía cuál era el Alec en el que debía creer; había demostrado ser un gran mentiroso.
Las esperanzas de que estarían siempre juntos habían vuelto, sin importar la nueva coyuntura. Siempre pensó que ellos dos, algún día, serían novios, se casarían y tendrían hijos, juntos, y entonces nadie podría separarlos…
Al volver a pensar en todo ello, Lena se hundió en las profundidades de su mente.
Pero mientras Lena repasaba sus problemas, todo el cuerpo de Robert se había tensado al escuchar ese nombre. Desde la vuelta de Lena al centro de la Orden ésta había estado muy extraña. Solía ser muy callada y obediente, pero últimamente había ido a más. Había estado evitando a todo el mundo para que no la vieran llorar; aunque era imposible que no se dieran cuenta. Se movía de un lado a otro día y noche sin rumbo, como alma en pena. Y no había vuelto a llamarle “Alec”, solo Alexander: la prueba de que lo que le ocurría era por culpa de ese tipo.
Rob apretó las mandíbulas. Odiaba ver a su amiga tan herida, tan triste.
-Y todo por esa maldita escoria…
-¿Eh?
-¡Nada! –Robert agarró del brazo a Lena y tiró de ella-. Vámonos de aquí, odio los hospitales.
-¿Rob, estás… bien? –juntó la cejas por la preocupación provocando que las cicatrices le deformaran aún más el lado derecho de la cara.
-¡No deberías preocuparte por mí estando tú así! –la regañó-. Si tú estás mal me distraigo.
-Robert… -sus mejillas se sonrojaron, abrumada por sus palabras. Se dejó arrastrar hasta casi la salida- Y… ¿Y mi primo Colyn, sabéis ya si…?
-No… aún no tenemos noticias de él –Colyn había desaparecido de aquellos laboratorios sin dejar rastro. Podía estar muerto o tal vez se lo habían llevado, no tenían la más remota idea. Ojala hubiera podido escapar-. Seguro que está vivo, es nuestro Colyn. Seguro.
-¿Él también te preocupa?
-Sois mis amigos, Lena –se giró hacia ella. Su voz era solemne-. Lo que os pasé me afecta a mí.
-¿En serio?
Robert sintió esa pregunta como una bofetada. La miró exigiendo una respuesta. Lena nunca le había hablado tan osadamente, nunca le había reprochado nada. Y es que a eso había sonado: a reproche.
-¿No me crees? ¿No confías en mí?
Lena se amedrentó rápidamente, no soportaba la idea de que Robert la fuera a odiar, que la diera de lado. Si luchaba era por él.
-Sí… solo es que…
-¿Qué? Lena, ¿qué estás insinuando? Porque parece que insinúas algo. ¿Crees que soy un mentiroso?
-No…
-¿Piensas que os dejaría de lado?
-¡Llegué a pensarlo!
-¿Lena…? –se quedó en blanco. Mucho menos se esperaba aquella contestación.
-Cu-cuando llegó esa Nicole, t-tú estabas siempre con ella, pasaban días sin vernos. Ni nos saludabas al pasar a nuestro lado cuando estabas con ella. ¡Rob… pasaste de nosotros! Y-yo pensaba… que era imposible, que siempre estarías a nuestro lado… pero… Tal vez… sea como dijo Alexander: mucha apariencia de boquilla y luego no se corresponde con tus actos.
-¿¡Nombras a esa mierda delante de mí!? ¿Es eso lo que iba diciendo de mí? ¿Y tú le escuchabas? –la acusó. Lena se encogió de hombros, sufriendo. No, por favor, Rob, no me odies. No soportaré que me odies. Necesito a alguien fuerte a mi lado que me proteja, que me guié. Te necesito, por favor. Sin ti estaría perdida. Apretó el colgante inconscientemente en busca de fuerzas. Robert observó ese gesto; su furia creció sin límites. ¿Celos?-. No me esperaba esto… -dio un paso hacia atrás, sus ojos eran fuego amarillo.
Automáticamente fue tras él, como una desesperada. –Rob, no me…
-Adiós, Lena. Cuando te venga en gana y dejes de llorar por tus novios, ven al cuartel de la Orden. Nos vendría bien una ayudita con una sanguijuela de pelo multicolor; algunos aún nos ocupamos de nuestras obligaciones.
***
Amy golpeó a Robert en las costillas tirándolo al suelo. Pero este se levantó y hundió la espada en el muslo de ella con una habilidad que enmudecía. La Convertida chilló por el dolor, la carne se le quemó debido a la Luz. La arrojaron al interior de la jaula de la que antes había conseguido salirse. Gin actuó en el acto e inyecto una jeringa llena de calmantes en su piel. La Convertida cayó a plomo.
El médico se limpió el sudor de la frente y sacó sus gafas del bolsillo sonriendo. –Desde luego… fue realmente difícil. Hasta que tú llegaste, claro. Gracias, Rob, sin ti hubiera sido imposible.
Robert enfundó la espada sin pronunciar una sola palabra. Gin se vio sorprendido por la falta de arrogancia y de comentarios chistosos por parte del Guardián.
-¿Es que ocurre algo?
-No.
-Cualquiera lo diría…
-¿Necesitan…? –Lena frenó al ver que la lucha acababa de cesar. Llevaba el arco cargado en las manos, preparada para usarlo.
-¡Lena, qué bien, viniste a ayudarnos! –celebró Gin al ver que Lena parecía dispuesta a volver a su vida normal. Aunque no lo dijera en voz alta estaba algo harto del ambiente que se respiraba en la Orden. Las movidas de los jóvenes lo superaban; de tan cansado que lo dejaban empezaba a sentirse realmente viejo-. Pero ya no es necesario, Rob pudo él solo, como siempre… Con razón es nuestro campeón.
-Oh… -el heroísmo y disposición con la que Lena había hecho su aparición se diluyeron, dando paso a esa bruma pesarosa que la rodeaba recientemente.
Robert ni siquiera le dedicó una mirada a Lena, lo que la hizo desfallecer emocionalmente.
Gin los observó en silencio. –Lena, ven –obedeció, lo que fuera para no pensar en que su vida se iba al infierno cada vez más rápido- Mira, es un hembra de Convertido vampírico.
-Sabes que odio a los vampiros –Lena se estremeció. Cuando aún vivía en Irlanda, siendo pequeña, entraron unos vampiros a su casa. Mataron a su madre y a sus hermanos mayores. Solo dos días después su padre decidió llevársela lejos de su amigo Alec y borrarle los recuerdos, pero no los relacionados con sus muertes. Se estremeció de nuevo, con más fuerza. Odiaba a aquella especie en concreto, y los recuerdos de su odio no hacían sino agregarse de más sufrimiento. Cada vez deseaba con más fuerza que el medallón hubiese permanecido cerrado con esos recuerdos, pero no sabía cómo deshacerse de ellos, y era demasiado egoísta para renunciar a lo que… sentía.
-Lena… ¿me escuchas? –Gin suspiró con una sonrisa-. No, no lo hacías, estabas otra vez en las nubes.
-Lo siento…
-Te estaba diciendo que es muy raro ver hembras de esta especie. Los pura sangre son escasos por lo que se vuelven muy protectores con sus medios reproductivos: las pocas mujeres de pura raza que quedan. Serías un privilegiado de poder ver una; dicen que son realmente bellas, aunque seguro que exageran para darle aún más morbo... Además son una especie muy arcaica, no solían aceptar a mujeres en sus filas; solo las usan de alimento, en ese sentido mucho más que a los varones. Y no solo es inusual sino que está de aquí fue muy resistente, incluso consiguió abrir su jaula en un descuido –ellos no lo sabían, pero Amy, antes de ser transformada, había trabajado en una perrera municipal de su padre en Londres: entendía de ese modelo de jaulas.
-Hablas como si la admiraras.
-¡Oh! ¿En serio? –Las gafas se le deslizaron a Gin por el puente de la nariz-. Tal vez lo haga –la cara de regaño de Lena fue evidente, debía haberse vuelto loco para pronunciar esas palabras, delante de tantas personas además-. ¡No, no es eso, Lena, querida, por favor! Ugh… Es solo que… ¿sabías que tu padre fue mi maestro? –Desvió la mirada de nuevo al interior de la jaula, pero fue evidente que miraba algo mucho más lejanos, hacia el pasado-. Él me enseñó que cuanto más supiéramos de nuestros enemigos, más fuertes nos haríamos. Aunque él siempre se centró demasiado en las cualidades físicas… Yo creo que la cultura es igual de importante, existen una gran cantidad de pueblos de demonios, todos con sus características. Si le dedicas un poco tiempo, pronto puedes ver que son más profundas de lo que parecen.
-Son demonios… matan humanos. Lo demás no debería importar.
Gin suspiró. –Otra persona que me dice exactamente lo mismo.
-No deberías calentarte la cabeza en esas ¡cosas…!
La vampira de colorido pelo había tomado a Lena del medallón y tiraba de ella, apretando su cara contra los barrotes. No estaba tan dormida como habían supuesto. Se llevó el cilindro metálico a la nariz.
-Alec…
-¿Qué? – ¿aquella… bestia le conocía?
-Pardiez –su voz era rasposa y su vocalización vaga debido a lo débil que se encontraba, había perdido gran cantidad de su preciada sangre-, cuélguenme si no es difícil de detectar incluso una vez has… pero aún así… -desvarió debido a la droga-. Pero se trata de su magia, tiene que serlo, es tan fría como la nieve y en la piel me hace… -no supo encontrar las palabras para describir la sensación que provocaba. Se estremeció, desde luego no se trataba de algo precisamente agradable, aunque tampoco horrible. Simplemente no conocía nada con que se pudiera comparar-. Mas… vos, una menuda Guardiana, ¿qué hace esto del chucho callejero en vuestro poder? Es un objeto poderoso.
-¡Suéltame! –pero no aflojó ni una pizca. Lena se sentía enferma frente a esos brillantes ojos rojos y el olor a sangre. Su pulso se aceleró y sudores fríos le perlaban la piel ahora blanca. Los recuerdos la asaltaron, emborronando su visión y su juicio. Volvía a ver el cadáver de su madre siendo desmembrado por aquellos monstruos de ojos rojos.
-¿Alec, lo conoces, sabes dónde está? –Lena quiso golpear a Gin, en lugar de ayudarla estaba más interesado en conversar con aquel bicho. Él no apreciaba peligro alguno estando la vampira debilitada y presa, pero Lena creía morir.
-Me temo que ese conocimiento ya no está en mi poder… mas, si me lo debéis de preguntar, clara señal de que aquí no está. Albricias, sin demora debió largarse antes incluso de que a mí atrapárenme en el condenado día de vuestro asalto.
-¿¡Estaba contigo en aquel castillo!?
-Ciertamente –asintió lentamente-. Ni a despedirse se demoró para poner tierra de por medio con el peligro –rió con verdadera alegría.
-¿¡Entonces sigue vivo!? –la mirada de Gin se iluminó, por alguna extraña razón que el resto de Guardianes no alcanzaban a comprender, el médico sentía un cierto cariño por aquel chico y su compañera anfibio.
-El corazón en el pecho le latía cuando estuvo a mi vera. Tantas preguntas de vuestra parte, Guardián, me hacen sospechar. Puede que sea causa de mi delirio, mas sospecho que el encuentro con ustedes fue lo que lo dejó en tan mala condición.
-¿Mala condición? Dime, vampira, ¿cómo esta él?
-¿Ese cachorro? Cascarrabias y desquiciado, como siempre –Amy no podía mentir por ser un vampiro (físicamente imposible), pero estaba malinterpretando la pregunta-. ¡Oh! Mother of… -no consiguió pronunciar el nombre de Dios, tener fe era otra de las prohibiciones impuestas por la maldición del vampirismo, ambas relacionadas (<<Tener fe significa no querer saber la verdad>>; Nietzsche)-. Eso sí, estaba realmente apuesto. Y a pesar de esas grotescas heridas, se pudiera decir que posee un maravilloso cuerpo desnudo –empezó a quedarse verdaderamente grogui.
-¿D-desnudo? –las mejillas de Lena se incendiaron. Alguna vez lo había imaginado sin ropa, pero siempre había hecho lo posible por reprimir esos pensamientos para que su influjo no la hiciera caer en pecados tan vulgares. Pero después de que lo dijera aquella mujer se le hizo imposible. ¿En verdad lo había visto desnudo? ¿Cómo sería? Siempre sospechó que era más fuerte de lo que aparentaba a simple vista, bajo las varias capas de ropa que acostumbraba a usar. ¿Pero por qué ella lo había visto? ¿Qué clase de cosas…? ¿Habrían…? NOOOOOO.
Empujó a Amy con fuerza, propulsándose fuera de su agarré y chocando contra Robert. No se había percatado de que éste estaba tras ella, hasta ese momento. Él la sujetó por los hombros para que no cayera.
Sus miradas se cruzaron. Rob dio un pequeño apretón a los hombros de Lena y aparando la mirada se alejó un paso. ¿Por qué Rob parecía tan trise y enfurruñado a la vez? No era la primera vez que lo veía enfurecido por algo, pero… ¿triste? No sería por ella, porque se había alterado con lo que la vampira estaba diciendo de Alec, ¿verdad?
-Robert –lo llamó uno de sus jefes- Tenemos una misión para ti: Seamairs…

miércoles, 1 de febrero de 2012

Encantamiento 59: El final de una historia.



-4 DÍAS DESPUÉS-

Esperábamos a la sombra del puente, mientras el sol iba tiñendo el agua del East River en tonos rojizos con el atardecer. Mientras Campbell correteaba chillando y chapoteando de un lado para otro intentando dar pipas a las gárgolas, la Cucaracha y yo la observábamos en silencio, sentados uno junto al otro en las piedras más grandes que había arrojado el río. Los minutos fueron pasando aceleradamente frente a nosotros. Solo había estado en la ciudad de Nueva York en la noche, así que ver cómo las fantasmagóricas sombras de los edificios iban devorando las calles me resultaba un consuelo. Después de tanto tiempo con los Guardianes amenazaba con olvidárseme el cruel encanto del mundo de la noche, el de los monstruos. Me sentía en mi terreno.
Pero, como empieza a ser costumbre, estoy pasando muchas cosas por alto con el inicio de este “Encantamiento 59”… Habíamos conseguido un portal seguro para ir desde el Norte de Norte América (valga la redundancia) un poco más al Sur, ni más ni menos que a Nueva York; el trébol de las cuatro Hojas tenía una de sus puertas dimensionales establecida en la ciudad, de modo que en cuanto dieran las doce, esa misma noche podríamos estar de nuevo en “casa”.
Ah, y sobre que ahora fuéramos una triada… Agh, ni me lo mencionéis (en realidad tengo que decíroslo de todas formas…) Nicole se empeñó en acompañarnos… y Campbell lo secundó (a base de llantera pura y dura. Pero como tengo que devolvérsela a Cristofino de una pieza…). La Cucaracha se crió a las afueras de esta ciudad y residía ahora en el centro, la excusa de estar perdida ya no le servía. Si aún no se había dirigido a su apartamento era solo para despedirse; en cuanto pusiéramos un pie en la taberna, posiblemente no volviéramos a verla nunca más.
Curiosamente me daba igual (aunque lo parezca, no es nada bueno). Por un lado me alegraba quitarme aquel lastre, pero por otro (y el más terrible e inhóspito lado) me había acostumbrado a ella hasta el punto que iba a lamentar que acabara nuestra relación tan tajantemente. Justo cuando empezábamos a ser cordiales. Había sido por culpa de Campbell, todo sea dicho, pues se empeñaba en mantener conversaciones en la que estuviéramos involucrados los tres (una tortura, un suplicio…). Así nos vimos forzados a empezar a practicar la charla pacífica y desinteresada con el otro. Al principio parecía que íbamos a arrojar al otro por las escaleras, pero finalmente encontramos puntos en común, como la literatura o la política (increíble pero cierto). Y, bueno, me había servido para tantear a Nicole (psicoanálisis, ya sabéis, cuanta más información, más fácil es anticiparse a una persona), que ya es algo. Y qué queréis que os diga: me parecía un desperdició haber conseguido tal logro (¡llevarme decentemente con ésa, si es que me lo dicen y no me lo creo!) para no poder utilizarlo de nuevo. La verdad, para eso mejor no haber desperdiciado tanto tiempo. Pero daba igual. Los dos sentimientos se contrarrestaban, así que no estaba dolido; eso es lo importante.
Tanto la Cucaracha y Flor debían estar pensando en lo mismo porque se apresuró a comentarme: -Flor quiere saber si puede seguir visitándote en sueños… No hay mucha gente con la que pueda hablar… -su voz sonaba a suspiro.
Me encogí de hombros.
-Duermo poco –le advertí.
Sonrió pues había entendido mi disposición.
-¿Cómo se llega a la taberna? –me preguntó fijando la mirada en una de las gárgolas que ahora perseguía al Renacuajo. Campbell se lo había dicho antes, pero con tanto “por aquí”, “y así”, “giras, giras, como una peonza”, “como aquella vez que…” y gestos de manos, normal que no se hubiera enterado de nada. Pero no se lo había comentado porque el renacuajo se mostraba muy feliz pensando que le había sido de utilidad.
-A las doce de la noche se abrirá allí –señalé uno de los pilares del puente que, aunque estaba en la linde, se encontraba encharcado con al menos un palmo de agua- aparece una portal comunitario que atraviesa toda la ciudad; deberás pagar lo que te pida su protector. Te lleva hasta Central Park y allí solo tienes que mirar en un mapa del parque, te indicará el camino con unas lucecitas brillantes –gracias a los cambios que estaba produciendo Flor en su interior, la Cucaracha ya podía ver a través de los espejismos más sencillos como aquel.
Guardó silencio. -¿¡Era tan fácil!?
Resoplé asintiendo. Dejar que el Renacuajo dirigiera el tráfico sería peor que darle una bomba atómica.
-Bueno… supongo que tú también estarás cuando vaya a visitarla, si es que sigues trabajando allí… -se recolocó las enormes gafas cuadradas sobre el puente de la nariz aunque estaban perfectas; era un signo típico de nerviosismo en ella.
Yo no estaba tan seguro: faltaba poco para Sambahin (=Halloween) y la apertura de las Puertas del Infierno y con todo el revuelo de Irlanda (lugar de localización de las Puertas del Infierno más importantes del planeta) necesitaban efectivos para luchar con los Guardianes y contener a los humanos que empezaran a sospechar. Sin demasiadas dudas Kristof-Inno me mandaría con ellos, aunque eso supusiera no tener apenas tiempo de descanso y ocio. Pero las guerras son lucrativas, seguro que algo sacaría de provecho…
La Cucaracha apretó los dedos alrededor de la falda larga que Campbell le había prestado. Para no tener más problemas nos habíamos medio camuflado (casuales, pero no lo que hubiéramos llevado de ser nosotros); Nicole con el pelo liso recogido en dos coletas, las gafas, mi sudadera y falda larga estaba casi irreconocible.
-¿Te acuerdas de lo que me dijiste antes? –siguió hablando, se había acostumbrado a que yo me comunicara con gestos o miradas más que con palabras- Si esto fuera una historia para un libro… ¿crees que este sería el final? –Giró la cabeza en mi dirección, apoyando el codo en su rodilla y la barbilla sobre la mano-: El “héroe” o protagonista ha luchado con el malo, recupera a su ser querido en peligro –hizo un gesto con la cabeza hacia Campbell- y ha escapado de las garras del mal. Desaparece la tensión ambiental del nudo y ahora puede volver la normalidad a su mundo. Éste sería un buen epílogo… es calmado.
Me incliné hacia atrás para observar el paso de las nubes teñidas por la contaminación lumínica sobre nuestras cabezas y meditar sus palabras. En aquella época, el convertir esta historia en un libro aún me parecía un chiste muy gracioso por estúpido.
Aún así, todavía de broma, le respondí: -Sería un buen epílogo, sobre todo si quieres dejar un final abierto –en verdad no cuentas casi nada, salvo que va a volver a la rutina-. Pero… ¿un final? –Me puse en pie y me sacudí la arena de los pantalones, faltaban no más de dos minutos para despedirnos-. No. Demasiados cabos sueltos todavía. A no ser que el autor quiera que los lectores le corten la cabeza, esto solo podría ser un interludio. Además… -ella alzó las cejas interesada- yo nunca me elegiría como el prota, así que aunque mi vida se calmará, eso no tiene relevancia para la obra –el-que-se-hace-el-héroe casaba mucho más con ese papel por motivos obvios, y que yo supiera aun no había encontrado a su “coprotagonista femenina” ni había tenido su lucha final para derrotar a “el Mal”. Incluso Nicole encajaba mejor en el papel que yo (es tan justiciera… puf)-. ¿Quién te dice que yo esté dispuesto a ser el héroe? Esos tipos son un pánfilos sin personalidad obligados a seguir un cliché de “justos” –arrugué el ceño en una mueca-; es una mierda. ¡Y un aburrimiento!
Sonrió ampliamente: -Entonces esto no puede ser un verdadero adiós. Hasta pronto, antihéroe –bromeó aunque la voz estuvo a punto de quebrársele.
Al reirse, los hombros le temblaron y un mechón de pelo dorado le cayó sobre los ojos, ocultos tras los gruesos cristales. Tal vez, solo un poco, fuera a echarla de menos (es demasiado fácil y gratificante meterse con los idiotas).
La tomé de la barbilla con los dedos. Me incliné sobre ella hasta que la punta de nuestras narices se rozaron y juntar mis labios con los suyos en un corto pero intenso beso. Sonreí pegado a ella y aspiré una última bocanada del aroma de su pelo para grabarlo en mi memoria.
-Hasta pronto, coprotagonistas. Aún tengo que cobrarme otro beso robado, pero no estéis esperando demasiado a que haga mi reaparición estelar.